Ahmad, de 16 años, perdió la pierna derecha cuando acarreaba a la espalda a un herido de Homs: una mina explotó cuando intentaba cruzar la frontera ilegalmente
El Ejército sirio ha aumentado el número de minas en su límite con el Líbano, elevando así el número de heridos entre los refugiados
Algunas víctimas de la agresión militar del régimen prefieren ser atendidos en Siria que ser evacuados por miedo a ser detenidos y maltratados por las autoridades libanesas, denuncian los activistas
Ahmed, de 16 años, en el hospital donde se recupera de la amputación de su pierna derecha. (Mónica G. Prieto)
TRIPOLI (LIBANO).- De la habitación 315 de un hospital público de Trípoli salen aullidos de dolor. En su interior Ahmed, de 16 años, es sometido al cuarto día de curas por dos enfermeros libaneses, y el adolescente, que acaba de perder su pierna derecha, no puede controlar sus gritos. En el pasillo Mahmud, un joven de 25 años enjuto y nervioso, se frota las manos al escuchar los alaridos de su hermano con expresión impotente. “Pasó hace cuatro días”, explica apoyado en la pared amarillenta de la clínica. “Ahmed se había echado a un herido sobre los hombros y estaba cruzando la frontera cuando estalló la mina. El herido, que venía de Homs, murió en el acto. Mi otro hermano le cogió en volandas y pasó la frontera”, dice señalando con la cabeza a la habitación. “El cadáver del otro hombre quedó en suelo sirio y fue recogido por el Ejército”.
Así comienza la parte más trágica de la revolución de los tres hermanos sirios, pieza clave de la cadena de tráfico ilegal de suministros, heridos y periodistas que alivia a los insurrectos desde el Líbano sorteando a las autoridades de los dos países. Los tres hermanos, residentes en una precaria vivienda fronteriza, calculan haber cruzado a unos 500 heridos en un año de represión así como bolsas de sangre, cajas de medicinas, paquetes con anestesia y antibióticos. Ejercían voluntariamente de mulas humanas aprovechando su conocimiento del terreno de día y de noche, con cualquier persona u objeto que consideraran que pudiese ayudarles a derribar la dictadura siria, pero no contaban con que las minas que coloca el Ejército sirio en la linde pudieran cambiarles la vida.
Así lo hicieron la noche que esta corresponsal pudo atravesar de forma clandestina la frontera, el pasado diciembre. Fueron Mahmud y Ahmed los encargados del transporte durante uno de los tramos del interminable camino, una ruta de montaña que derivaba en las proximidades de su casa. Los dos jóvenes comodaron a la reportera en el interior, le ofrecieron mantas y encendieron velas para paliar la falta de electricidad, a la espera de un nuevo equipo de activistas con los que continuar el camino hasta Homs.
La bandera siria previa a la llegada al poder del Baaz, símbolo de la revolución. (Mónica G. Prieto)
En aquella gélida tarde, la conversación fue básica y el trato tímido, amable. Ahora, mes y medio después, Mahmud sonríe abiertamente al ver a su antigua huésped de visita en el hospital. Saluda con efusividad, liberado de la opresión que genera el miedo y la clandestinidad, antes de avisar a Ahmad de la presencia de la periodista. “Yo estaba en el Líbano cuando ocurrió. Solemos hacer entre seis y ocho viajes al día y nunca nos había pasado nada. Mi hermano mayor ahora está cruzando la frontera”, explica Mahmud, mientras abre la puerta de la habitación e invita a entrar con un ademán.
Ahmed yace sudoroso. Su pierna derecha ha desaparecido bajo la rodilla. Insiste en sonreir y saludar, en quitar importancia a la herida, en contar personalmente su relato. “No recuerdo mucho”, comienza. “Estaba cruzando la frontera con un herido en mi espalda cuando estalló la mina. Entonces perdí la consciencia. Mi hermano me contó que me metió en un coche y me trajo hasta aquí”. Pero en el norte del Líbano, el joven recién amputado no fue atendido de inmediato. De hecho, se negaron a prestarle auxilio en los hospitales hasta que no presentase sus papeles identificativos. Y nadie había quedado en su casa para recuperar sus documentos: su padre lleva años en una prisión siria y su madre vive en el interior de la provincia de Homs con otros familiares. “Llamamos a mi madre, y ella tardó dos horas en llegar hasta la casa, tomar los papeles y acercarlos a la frontera. Ahora ella está esperando a poder cruzar para verle”.
“Dos horas y 10 minutos se pasó en la ambulancia, sin recibir atención médica”, clama indignado Abu Raed, responsable de la red de evacuación de heridos y envío de suministros médicos a territorio sirio, desde otro hospital privado donde ha sido alquilada una planta para poder atender de forma autónoma a las víctimas de la represión siria que logran cruzar la peligrosa frontera. “Y es solo un ejemplo. Los heridos prefieren ahora morir en Siria que cruzar la frontera y exponerse al maltrato de la Seguridad libanesa”.
Más que un refugio, El Líbano se está convirtiendo en un peligroso destino para los sirios que tratan de huir de la represión militar del régimen. No existen campos de refugiados y los que huyen deben hacerlo por cruces ilegales, algo que indigna a la mitad de la población libanesa a favor de la revolución vecina. A las minas que son colocadas por las tropas de Damasco en la frontera, cuyo número ha aumentado en las últimas semanas a juzgar por el número de heridos, se suma la persecución que, según denuncian desde hace meses, han lanzado las fuerzas de Seguridad del Gobierno libanés, próximo a Damasco.
http://periodismohumano.com/en-conflicto/amputado-por-salvar-vidas.html
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